Primero, mejoran la atención y la observación, al exigir concentración y análisis visual detallado. Segundo, enseñan a aprender de los errores, ya que cada intento fallido entrega retroalimentación inmediata, fortaleciendo la motivación y el sentimiento de logro. Tercero, potencian funciones ejecutivas como la planificación, la tolerancia a la frustración y la autorregulación. Cuarto, estimulan el razonamiento espacial, al requerir que el niño analice la imagen a construir y visualice cómo encajan las piezas. Y quinto, fortalecen la motricidad fina, especialmente cuando se utilizan rompecabezas físicos.
El acompañamiento adulto es clave: sugerir estrategias, respetar el ritmo del niño y elegir un puzzle adecuado a su nivel puede transformar el juego en una experiencia de aprendizaje significativa. Lo esencial es que el niño disfrute, se desafíe y aprenda jugando.
María Isabel Marín Gamé
Directora Psicopedagogía U. Andrés Bello, sede Viña del Mar
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