Caminando por el emblemático Barrio Puerto de Valparaíso, quizá el espacio urbano más simbólico de la ciudad, me detengo frente a una placa que anuncia: “Área Histórica de la Ciudad de Valparaíso. UNESCO, Sitio del Patrimonio Mundial”. Instalada junto al Ascensor Cordillera, recuerda que en 2003 esta zona fue reconocida por su valor como testimonio de la temprana globalización del siglo XIX. Su brillo, sin embargo, contrasta con el deterioro evidente del entorno inmediato.
Barrio Puerto es un barrio fundacional, aunque Valparaíso nunca se fundó formalmente. Ha sido más bien “refundado” por decisiones que, con el tiempo, no lograron consolidar un espacio vivo ni coherente con su historia. Y aquí surge una pregunta central: ¿qué ocurre con las personas, con la vida cotidiana y el patrimonio intangible?
Los barrios no se definen por límites administrativos, sino humanos. Son las vidas que los habitan las que les dan sentido. En Valparaíso, esa vida se ha visto amenazada por la gentrificación asociada al turismo, expulsando a quienes históricamente dieron identidad al lugar. Lo cotidiano cede paso a lo genérico y las calles se vacían.
Recuperar Barrio Puerto exige algo más que restaurar edificios. Iniciativas como La Nave municipal o la futura Plazuela San Francisco apuntan a una regeneración más profunda. Tal vez sea tiempo de una nueva “fundación”: una que regenere no solo los espacios, sino la vida urbana que da sentido al patrimonio.
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