Los impactos económicos de esta ola delictiva son devastadores. Entre los ilícitos más recurrentes se encuentran el hurto hormiga y los daños materiales a los locales, desde rayados hasta destrozos. En Valparaíso, cerca de un tercio de los comerciantes señala sufrir hurtos de manera frecuente. Estas pérdidas se suman a los costos indirectos, pues muchos han debido invertir en alarmas, cámaras y seguros que encarecen la operación diaria.
El retail es el sector más golpeado, con una victimización que alcanza al 87,5% de sus locales, seguido por la logística y las estaciones de servicio. En un escenario de inflación y lenta recuperación post pandemia, estos gastos adicionales erosionan los márgenes y empujan a algunos a cerrar o desistir de nuevas inversiones.
La percepción de seguridad se ha desplomado. Más de la mitad de los locatarios califica su barrio como inseguro, y una amplia mayoría percibe que la violencia de los ataques ha aumentado en el último año. A esto se suma que más de seis de cada diez víctimas no denuncia, ya sea por desconfianza en el sistema judicial o por temor a represalias, lo que termina invisibilizando el problema y alimentando la impunidad.
El comercio ambulante ilegal también profundiza la sensación de inseguridad. Cerca de cuatro de cada diez comerciantes lo identifica como una de las principales causas de caída en sus ventas, mientras que tres de cada cuatro considera que incrementa los riesgos para clientes y trabajadores. En un puerto donde el turismo genera alrededor de una quinta parte del PIB regional, este fenómeno desalienta la llegada de visitantes y afecta a hoteles y restaurantes, que ven cómo se reducen sus reservas.
Las consecuencias para el comercio local son profundas. Muchos pequeños negocios deciden cerrar o trasladarse a zonas más seguras, dejando vacíos comerciales que terminan favoreciendo al crimen organizado. Esta situación no solo impacta en el empleo, sino que debilita toda la cadena de valor: proveedores, transportistas y servicios asociados también se ven afectados.
Frente a este panorama, urge una acción coordinada: fortalecer los patrullajes preventivos, agilizar los sistemas de denuncia digital y promover alianzas público-privadas que mejoren la iluminación y la vigilancia comunitaria. Valparaíso no puede resignarse a ser sinónimo de caos; recuperar la seguridad es clave para revitalizar su comercio y preservar su identidad cultural y turística. Solo así, el puerto podrá dejar atrás el estigma y proyectarse como una ciudad viva, segura y próspera.
Felipe Oelckers, director de Ingeniería Comercial UNAB sede Viña del Mar
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