- La evaluación funciona como un espejo que revela fortalezas y debilidades reales antes del ejercicio profesional.
- Las instituciones de educación superior deben utilizar los resultados para actualizar sus currículos de forma crítica.
- Es una responsabilidad ética transformar los datos obtenidos en cambios pedagógicos concretos por el bien de los futuros estudiantes.
Jessica Durán Jerez Académica Carrera de Pedagogía en Educación Diferencial Universidad de Las Américas Sede Viña del Mar
Cada año, cientos de futuras profesoras y profesores enfrentan la Evaluación Nacional Diagnóstica de la Formación Inicial Docente (END-FID). Muchos la viven como un trámite rumbo al título, un requisito que la Ley 20.903 vuelve obligatorio. Sin embargo, reducirla a eso sería un error costoso, sobre todo para quienes forman docentes.
Esta evaluación no se aprueba ni se reprueba: es un diagnóstico, un espejo. Muestra, con evidencia, qué tan preparados están los estudiantes al cerrar su formación. Para ellos, rendirla con seriedad significa reconocer fortalezas y vacíos antes de llegar al aula, donde niñas y niños reales dependerán de sus decisiones pedagógicas.
Con todo, el desafío mayor recae en las instituciones de educación superior. Los resultados no pueden archivarse, deben interpelar sus planes de estudio. Desde las escuelas formadoras en educación superior se ve con claridad: lo que la END-FID revela debe dialogar con lo que ocurre en las aulas donde los estudiantes aprenden su labor docente. Si la evidencia muestra debilidades en didáctica, en evaluación o en atención a la diversidad, la respuesta no es exigir más, sino revisar cómo se prepara para enseñar.
Desde la educación especial, la urgencia es aún más nítida. Se forman docentes para aulas heterogéneas, donde la inclusión no es un módulo optativo, sino el corazón del trabajo pedagógico. Una evaluación que evidencie brechas en diseño universal de aprendizaje o en enfoque de derechos obliga, como formadores, a actuar.
Rendir la END-FID 2026 importa. Pero importa aún más lo que se haga con sus resultados. Transformar el diagnóstico en cambio curricular es una responsabilidad ética con quienes se forma y, sobre todo, con los estudiantes que un día tendrán frente a sí.