
Osvaldo Álvarez Valdés, académico Química y Farmacia U. Andrés Bello, sede Viña del Mar.
Pocas decisiones generan tanta ansiedad en las familias como la posibilidad de iniciar tratamiento farmacológico en un niño con TEA. Entre mitos, opiniones divididas y temores legítimos, la risperidona suele aparecer como una palabra que despierta dudas. Pero más allá de los prejuicios, es necesario volver al centro: el bienestar del niño.
La risperidona no es una solución mágica ni transforma el curso del TEA. Su función es acotada: disminuir síntomas conductuales severos que impiden el aprendizaje, la convivencia y la participación social. En esos casos, su aporte puede ser decisivo para que el menor pueda conectarse de mejor forma con su entorno y acceder a terapias fundamentales.
El problema surge cuando se caricaturiza el medicamento como dañino o como una vía rápida para “controlar” comportamientos difíciles. Nada más lejos de la realidad. Su indicación es excepcional, nunca la primera alternativa y siempre requiere supervisión especializada. Además, los efectos adversos, aunque posibles, suelen ser manejables cuando existe seguimiento clínico adecuado.
El debate necesario no es “medicar o no medicar”, sino cómo garantizar decisiones informadas, basadas en evidencia y centradas en la calidad de vida del niño. Demonizar la risperidona —o cualquier tratamiento— solo aleja a las familias de herramientas que podrían aliviar sufrimientos reales.
Cuando se usa responsablemente, con criterio clínico y acompañamiento profesional, la risperidona no es un enemigo. Es, simplemente, una opción más. Y en muchos casos, una que abre puertas que estaban cerradas.
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