Olvidemos el estereotipo del “abuelo luchando con el control remoto”; la cuarta “Radiografía Digital de Personas Mayores 2024” nos muestra una realidad que desafía esa imagen obsoleta. Las personas mayores de 60 años en Chile han adoptado la tecnología no solo como una herramienta de apoyo, sino como parte fundamental de su vida cotidiana. Un 92% de las personas encuestadas ve a Internet como su aliado, y lo más sorprendente es que el 82% quiere seguir ampliando sus habilidades digitales, lejos del rol de observadores pasivos que generalmente la sociedad les otorga.
Durante la pandemia, el 40% de las personas mayores de 60 estaba enfrentando un reto diferente: aprender a usar su primer smartphone. Hoy, más de la mitad domina aplicaciones como WhatsApp, siendo esta la preferida por el 59%. Las mujeres mayores de 60 destacan, con un 52% conectándose a redes sociales a diario. Sin embargo, este proceso de digitalización no ha sido fácil. Un 66% se ha sentido presionado a aprender tecnología para no quedar excluido socialmente, y el 63% lamenta la pérdida de interacciones cara a cara, sacrificadas por la inmediatez digital.
Este fenómeno nos enfrenta a un nuevo rostro del viejismo estructural. La tecnología, que podría ser un camino hacia el empoderamiento, a menudo se convierte en una exigencia que invisibiliza las verdaderas necesidades y derechos de las personas mayores. La cultura digital dominante sigue empujando la idea de que quienes tienen más de 60 años deben “ponerse al día” a toda costa, incluso sacrificando vínculos emocionales esenciales. Peor aún, el 36% ya ha sido víctima de fraude digital, revelando las carencias en la protección de este segmento.
Entonces, la inclusión digital no puede resolverse con la entrega de dispositivos tecnológicos y planes de internet accesibles. Requiere un enfoque más profundo: es un tema de justicia social. La digitalización debe ir acompañada de formación continua, accesible y personalizada para que las personas mayores no solo se conecten, sino que lo hagan de manera segura y plena, especialmente en territorios rurales. No podemos seguir tratando a las personas mayores como una generación que debe “ponerse al día”, sino como actores y actrices legítimos con el derecho a moldear el mundo digital bajo sus propios términos. Solo desmantelando el viejismo estructural que permea nuestra cultura tecnológica, lograremos que la digitalización sea un verdadero instrumento de inclusión, y no otra forma de exclusión disfrazada.
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